El 15 de octubre dejé todas las redes sociales. Llevo más de 90 días fuera. Hoy por hoy, no las extraño. Además, estaré evaluando mi manera de interactuar con las redes y posiblemente cerrando algunas cuentas personales. Abajo les dejo las razones y las lecciones aprendidas. No lo comparto con jactancia, sino porque siento que estamos viviendo un momento extraño a nivel social, en gran parte, por la influencia de las redes.  

Las redes sociales nos han vendido una mentira descarada: “¿Quieres estar conectado con los demás y estar informado de lo más relevante e importante? Entonces tienes que estar en las redes… y mucho”. En este momento hay personas evaluando su relación con las redes, y muchos sienten la presión implícita de que si dejan las redes serán olvidados, ignorados, o se volverán irrelevantes. 

Quise tomar este tiempo fuera de las redes no porque no supiera algunas de las lecciones mencionadas abajo, sino porque dudaba de mi capacidad objetiva de evaluarlas. Queramos o no, las redes sociales nos afectan. Influyen en nosotros aún a nivel neurológico. Eso significa que para poder evaluar honestamente mi relación con ellas tenía que “limpiar” su influencia en mi sistema. Igual que alguien adicto a sustancias, podemos creer que estamos pensando “claramente” cuando en realidad siguen habiendo secuelas del uso de tales sustancias. 

De entrada reconozco que estar en las redes es un asunto de conciencia. No juzgo a quienes están o no estarán en ellas. Simplemente les dejo mis reflexiones. Estos 90 días me han dado un nuevo respiro y una claridad de mi propósito y mis relaciones que no he sentido en años. 

Abajo te explico por qué.

1. Tu atención es tu recurso más valioso

Cuando hablamos de lo que puedes dar a otra persona, tu atención y presencia completa es el recurso más valioso. Poder estar sentado con ellos, sin estar distraído, escuchándolos, consciente aún de sus incomodidades y lenguaje corporal, es algo sumamente importante. Tristemente, vivimos en una época donde dar ese tipo de atención es poco frecuente. 

Cuando hablamos de lo que puedes dar a Dios, tu atención y presencia completa es el recurso más valioso (Salmo 46:10, 62:1).

Incluso cuando hablamos de lo que puedes “darte a ti mismo”, la atención y presencia completa es el recurso más valioso. Te permite concentrarte, aprender y crear. 

Las redes sociales suelen robarnos este recurso y nos ofrecen a cambio una alternativa barata. Allí sentimos que estamos cultivando relaciones con otros o conocimiento, pero en realidad solo estamos observando de lejos.

2. Cada palabra cuenta

Estar fuera de las redes sociales implica una enorme reducción de palabras. A lo largo de las Escrituras, vemos cómo el silencio es elevado como un atributo indispensable en la vida del sabio. Las redes son como un megáfono siempre encendido, esperando que le gritemos al mundo nuestras opiniones, convicciones o pensamientos, aún si son poco desarrollados o si cambiamos de parecer en unas semanas.

Jesús expresa en Mateo 12:36: “Pero Yo les digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio”. Para la mayoría de nosotros, las redes simplemente hacen que nuestras palabras vanas abunden. 

3. La fuente de la afirmación es importante

Las redes sociales crean una dependencia de afirmación incompleta, si no falsa. Personas que no nos conocen de verdad nos pueden aplaudir, recomendar y halagar como si tuvieran un conocimiento profundo de nosotros. 

En cambio, fuera de las redes, estoy rodeado de los que me conocen no solo por lo que publico, sino por lo que soy y hago aún en mis peores momentos. Si ellos me afirman, su afirmación es muchísimo más valiosa porque nace de un conocimiento más completo. 

4. No toda la información es relevante

Muchos permanecemos conectados por la información que, si no fuera por las redes,  no encontraríamos. Esto es una espada de doble filo. Por un lado, nos podemos mantener enterados de muchísimas cosas que nos parecen relevantes. Pero por otro lado, nosotros no determinamos qué es relevante o no. En cambio, esto es determinado por algoritmos desarrollados por otros y, por el mero populismo, nos tiran noticias e información. 

Fuera de las redes, puedo decidir qué fuentes buscar, qué noticias leer y qué información es relevante para mí. Así ejerzo dominio y control sobre la información que pasa en frente de mis ojos, y no alguien más.

5. Las personas son mucho más que sus publicaciones

En las redes se ha popularizado el “stalking” de Facebook: Si sabes que vas a conocer a alguien en algún momento, entonces te metes a las redes para buscar cualquier información de esa persona. ¿A qué iglesia van? ¿Cuáles son sus gustos? ¿Cuáles son sus opiniones políticas o teológicas? Esto significa que nuestra primera impresión de las personas sucede sin su conocimiento y sin su influencia. No sé ustedes, pero no me interesa que la gente forme su primera opinión de mí por mis redes sociales. Esto subvierte el proceso natural de conocer a alguien. Entramos a la relación con ideas preconcebidas, tanto para protegernos como para usar en el cultivo de la amistad.

Cuando conocemos a alguien en persona, no nos dice todo lo que quisiéramos saber. A la vez, sus redes tampoco son una imagen real de ellos. En ambos casos conocernos es un proceso, solo que fuera de las redes permitimos que las personas nos revelen lo que consideran importante para la relación.

En ese sentido, hay un sacrificio y una confianza implícita que es necesaria para cultivar relaciones sólidas y duraderas. Por supuesto, a veces seremos engañados, pero son precisamente esos riesgos los que permiten que las relaciones entre seres humanos sean satisfactorias. Sin el riesgo nunca apreciamos y gozamos de confianza verdadera. Mitigar el riesgo paraliza el desarrollo de la confianza.

No les puedo explicar cuánto me ha protegido de los prejuicios estar fuera de las redes. Solo sé lo que alguien me dice. No puedo estar entrometido observando conversaciones de otros y así llegar a mis propias conclusiones de su carácter o relación. No puedo formar opiniones de las personas en base a lo que andan publicando o diciendo, sino solo de lo que ellos me dicen. 

Cuando estamos en persona solemos reducir la intensidad de toda nuestra comunicación. Las redes sociales permiten que lo peor de la comunicación humana abunde y que lo mejor disminuya. Yo prefiero conocerlos a ustedes por lo que me dicen, y no por lo que publican o comentan, y así quisiera ser conocido. 

6. En persona celebramos mejor

Si algo significante sucede en la vida de alguien cercano, me lo comentará. Y podré celebrarlo en persona, y no por una pantalla inanimada. 

Recuerdo los momentos en que pudimos compartir con nuestra familia y amigos cercanos las noticias de los distintos embarazos. Son momentos incomparables.

A veces, temo que perderemos la intimidad de compartir noticias junto con nuestros seres queridos, y en cambio publicaremos para las masas lo que podría ser una gran celebración en privado. No todos tienen que saber todo. 

7. No todos son tus “amigos”

Este tiempo fuera de las redes me ha dado una claridad relacional muy distinta. Si me preguntas quiénes son mis amigos, tomando en cuenta las redes, me sería muy difícil contestar. Pero durante estos 90 días fuera, se ha hecho sumamente claro quienes están en mi círculo íntimo. Estas son las personas que me conocen y/o que quiero que me conozcan. 

Lo que sucede en las redes es que promovemos una ilusión de amistad y conocimiento que es insípida y superficial, “lejana”. Históricamente hubiéramos llamado a estas personas “conocidos” o “contactos”, y nunca “amigos”. Además, es increíble la cantidad de gente que me enojaba o frustraba sin jamás conocerlos. No tenía idea de quiénes eran de verdad, pero solo por sus publicaciones me generaban emociones. ¿Por qué exponerme a eso si esas personas no son verdaderamente importantes en mi vida?

8. Hay más formas de aprovechar el tiempo libre

Mi tiempo para la reflexión ha abundado. Esos momentos vacíos, que usualmente los hubiera llenado con las redes, ahora son momentos para pensar, orar, leer algo estimulante, o aún llamar a un amigo para platicar.

9. La comunicación pierde eficacia sin contexto

Tal vez uno de los aspectos más fuertes de esta experiencia ha sido que ya no me topo con el riesgo de sacar textos de contexto.

La comunicación escrita nunca antes había sido tan impulsiva en nuestra historia. En general, la comunicación escrita fue pensada, investigada y diseñada meticulosamente en formato de ensayos o artículos. Pero ahora cualquiera puede disparar opiniones escritas en segundos. Hay un enorme riesgo que esto implica para la comunicación. En general, en estas circunstancias, no suele haber contexto personal, intelectual, histórico, político, religioso, etc. Todos los días interactuamos con textos sin contexto.

Fuera de las redes, la comunicación sucede dentro de un contexto. 

Conclusión

Sé que hay contra-argumentos a todas estas lecciones. Por supuesto que hay beneficios del uso de las redes. Pero en lo personal, los beneficios son menores mientras los riesgos se incrementan.

No escribo este artículo para juzgar a los que están en las redes. Estar o no estar en ellas es un asunto de conciencia. Lo que considero importante no es la decisión que tomamos, sino el proceso que usamos para llegar a esa conclusión. Mi mayor temor es que muchos cristianos deciden permanecer en las redes simplemente porque siempre han estado allí, sin apartar un tiempo para procurar claridad y tomar una decisión objetiva al respecto.

No sé qué genera en ti este artículo, pero por lo menos te animaría a tomar ese tiempo prolongado fuera de las redes. Si regresas con la convicción de que está bien que estés en ellas, gloria a Dios. Si decides quedarte afuera, también gloria a Dios. Por lo menos habrás creado el espacio y tiempo necesario para evaluarlo bien.

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