Me encanta comer. Los que me conocen pueden testificar esto. El queso derretido, la carne asada, el tocino, la pizza… son de aquellas delicias que quisiera aprovechar todos los días. De hecho, han habido muchos días donde sí los he aprovechado, mucho más de lo que debería.

Mi relación con la comida ha sido compleja y sensible. Vivo muy consciente del hambre que siento, y de lo necesario que es que diga “no”. Al mismo tiempo, pareciera que mi carne débil gana la mayoría de las veces. Creo que todos podemos identificarnos con esto. Hemos tenido días en los que sabíamos que no debíamos comer ese pedazo extra de pizza, pero estaba tan delicioso que decidimos hacerlo de todos modos.

Para la mayoría de la gente, la cantidad de lo que comen y sus razones para comer solo son un tema relevante si tienen problemas de salud. Si en sus exámenes de laboratorio los números están bien, suponen que su relación con la comida está bien. Si sus números están mal, entonces tendrán que ajustar su dieta. En ese sentido, ven su relación con la comida únicamente en términos fisiológicos y utilitarios. Mientras estoy saludable según algún estudio médico, entonces no tengo que evaluar mis hábitos alimenticios.

Lastimosamente, en la iglesia hemos dedicado poco tiempo y espacio a este tema.

La comida y el diseño de Dios

La comida en sí es algo celebrado en las Escrituras:“Él hace brotar la hierba para el ganado, Y las plantas para el servicio del hombre, Para que él saque alimento de la tierra, Y vino que alegra el corazón del hombre, Para que haga brillar con aceite su rostro, Y alimento que fortalece el corazón del hombre”, Salmo 104:14-15.

También vemos en los primeros capítulos de Génesis que Dios había creado todo para el provecho y alimento de la humanidad.

Además, la comida es una analogía recurrente en las Escrituras. La idea de la celebración y el banquete es una que Dios utiliza a lo largo de la Biblia. En Lucas, el gran banquete es usado para representar la celebración de los que pertenecen al reino de Dios. En Salmos 23, vemos a David afirmar el enorme cuidado y la provisión de Dios cuando dice: “Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos”. Y no podemos ignorar que la gran celebración de matrimonio de la iglesia con el novio Jesucristo es un banquete.

Dios creó la comida como algo sumamente bueno. Podemos celebrar y reconocer Su poder creativo en cada sabor, color, y textura. Dios nos ha diseñado para disfrutar de la comida, tanto de su sabor como de sentirnos saciados. Se supone que la persona promedio tiene unas 10,000 papilas gustativas. Esas papilas fueron creadas por Dios. Él nos dio una capacidad increíble de poder saborear un sinfín de sabores, texturas, y matices en la comida.

Dios creó la comida como algo sumamente bueno. Podemos celebrar y reconocer Su poder creativo en cada sabor, color, y textura.

El punto, a lo largo de las Escrituras, es que los hijos de Dios reconocen que todo lo que tienen proviene de Él, su buen Padre. La buena comida, y todo lo precioso de ella —sabor, textura, color, combinaciones— viene como un regalo de Dios. En ese sentido, la comida para el creyente es un recuerdo de la bondad de Dios, y nos debería llevar a agradecerle y glorificarlo.

Tergiversando el diseño de Dios

Al mismo tiempo, la Biblia a veces habla de manera no tan positiva de la comida, y en particular de la falta de dominio propio como una señal de lo mundano que alguien es. Pablo afirma en 1 Corintios 6 que nuestros apetitos no nos deberían dominar, y afirma en Filipenses 3 que los enemigos de la cruz son aquellos cuyo dios es su apetito.

A lo largo de las Escrituras, la falta de dominio propio con lo que ingerimos es descrita de varias formas, pero principalmente se usan los términos glotón y borracho. El uso desmedido y descontrolado del alcohol resulta en borrachera. El uso desmedido y descontrolado de la comida resulta en glotonería, que es gula.

Lo principal del glotón y el borracho es tanto la cantidad de consumo como la actitud general que tienen hacia la comida y la bebida. Demuestran una avaricia por la comida, una falta de dominio propio, desperdicio en sí mismo, y una dependencia y confianza en lo terrenal más que en Dios. De hecho, Deuteronomio 21 demuestra cómo la glotonería y borrachera deberían ser tratados por el pueblo de Dios.

Lo principal del glotón y el borracho es tanto la cantidad de consumo como la actitud general que tienen hacia la comida y la bebida.

Estos son otros ejemplos:

Proverbios 23:2, 20-21 “Y pon cuchillo a tu garganta Si eres hombre de mucho apetito. No estés con los bebedores de vino, Ni con los comilones de carne, Porque el borracho y el glotón se empobrecerán, Y la vagancia se vestirá de harapos”.

Isaias 22:12-14 “Por eso aquel día, el Señor, Dios de los ejércitos, los llamó a llanto y a lamento, A raparse la cabeza y a vestirse de cilicio. Sin embargo, hay gozo y alegría, Matanza de bueyes y degüello de ovejas. Comiendo carne y bebiendo vino, dicen: ‘Comamos y bebamos, que mañana moriremos’. Pero el Señor de los ejércitos me reveló al oído: ‘Ciertamente esta iniquidad no les será perdonada Hasta que mueran’, dice el Señor, Dios de los ejércitos”.

A menudo en las Escrituras, Dios juzga a Su pueblo por su glotonería a la luz de su desprecio y olvido de la Ley y los más necesitados, como es el caso en los libros de Amós e Isaías:

Amós 6:6-7 “Que beben vino en tazones del altar Y se ungen con los óleos más finos, Pero no se lamentan por la ruina de José, Irán por tanto ahora al destierro a la cabeza de los desterrados, Y se acabarán los banquetes de los disolutos”.

Cuando nos estamos embriagando y llenando nuestros estómagos con todo lo que podamos encontrar, y no cuidando del necesitado, la Biblia nos consideraría glotones.

Conclusión

En general, la gula no tiene primero que ver con tu peso. Llegaremos a hablar del tema de nuestro peso, pero es importante entender antes que nada que la gula es un asunto espiritual. Es un asunto de rebeldía, desconfianza y desprecio a Dios. Quieres buscar que lo material te sacie y no el Dios quién creó lo material. Es entregarnos al placer de nuestro paladar, al poder de nuestro apetito, y no poder refrenarnos, demostrando lo insatisfechos que solemos estar con Dios. 

En los próximos artículos quisiera abordar el asunto de la gula. Lo hago principalmente por mí. Esto ha sido una lucha propia. Al mismo tiempo, lo hago por otros tantos que quizás también han lidiado con el tema pero siempre lo han ignorado, evitado, o no lo han considerado como importante.

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