¿Cómo debemos responder los cristianos cuando somos enfrentados con las tragedias de este mundo? ¿Qué podemos decir cuando nos encontramos cara a cara con el abuso infantil, las enfermedades terminales, la muerte de los más vulnerables, o el sufrimiento que resulta de desastres naturales?

En general, los cristianos solemos responder de dos maneras distintas, ambas llenas de clichés teológicos. Algunos lo hacen diciendo: “No hay razón para preocuparte ni entristecerte. Dios está en control, así que confía en Él”. Aunque esto es cierto, es poco confortante. Mientras tanto, otros afirman: “No tienes fe, y por eso Dios no te está bendiciendo”, amontonando sobre el dolor de la persona la culpa de la situación.

Tristemente, nuestras respuestas superficiales al sufrimiento se deben, en parte, a que hemos perdido un lenguaje bíblico para hablar del sufrimiento: el lamento.

¿Qué es el lamento?

El lamento es un género literario utilizado en la Biblia, en particular en muchos de los Salmos, pero aún más famosamente reconocido en el libro de Lamentaciones. Mark Vroegop comenta que “el lamento es el llanto honesto de un corazón adolorido luchando con la paradoja del sufrimiento a la luz de la promesa de la bondad de Dios”.

Todos estos elementos son necesarios. El lamento no es únicamente llorar delante de la maldad, ni tampoco es ignorar el dolor porque sabemos que Dios es bueno. Sino que es responder honestamente a la paradoja de la bondad de Dios y el dolor. En ese sentido, Vroegop añade: “Llorar es humano, lamentar es cristiano”.

“Llorar es humano, lamentar es cristiano”.

Mark Vroegop

Solo en el libro de Salmos encontramos más de 60 salmos de lamento. Esto significa que más del 30% del salterio de alabanza y adoración para el pueblo de Israel eran lamentos. Solo considera ¿cuántos lamentos cantamos en nuestras iglesias hoy?

En la práctica ¿por qué importa el lamento?

1. El lamento es un lenguaje para el sufrimiento

La mayoría de nosotros no sabemos cómo responder ante nuestro propio sufrimiento, mucho menos al de los demás. El lamento no busca solucionar la situación, ni busca necesariamente alentar a la persona para que pueda recuperar su sonrisa, sino que busca verbalizar el dolor interno de una manera coherente con la enseñanza de la Biblia.

Esto es importante para la iglesia porque, aunque hemos puesto nuestra fe en Cristo y entendemos nuestro futuro, seguimos sintiendo el aguijón de la muerte.

Solo considera algunas de las palabras del Salmo 6:6-7:

“Cansado estoy de mis gemidos;
Todas las noches inundo de llanto mi lecho,
Con mis lágrimas riego mi cama.
Se consumen de sufrir mis ojos;
Han envejecido a causa de todos mis adversarios”.

Seguro hemos sentido lo que David describe aquí, pero a menudo no nos atrevemos a orar a Dios de esta manera. El lamento nos da las palabras para hacerlo. Sin el lamento en medio del sufrimiento, nuestras oraciones corren el riesgo de solo fingir y aparentar un gozo superficial.

2. El lamento nos identifica con los que sufren

En particular, esto es de enorme importancia cuando consideramos a quienes no profesan fe en el evangelio. A menudo, la gente ve a la iglesia como un grupo de sonrientes a los que jamás les sucede algo malo. Lastimosamente, nosotros hemos perpetuado esta idea.

Aprender a lamentar significa que no trivializamos el dolor de algunos al hablar de la bondad de Dios, sino que podemos empatizar con ellos de manera sincera, y desde esa posición señalar la esperanza del evangelio.

Aprender a lamentar significa que no trivializamos el dolor al hablar de la bondad de Dios.

3. El lamento nos lleva al arrepentimiento

El lamento no solo es para llorar el sufrimiento externo, sino que también es un lenguaje de arrepentimiento. Lamentamos no solo la maldad que hay en el mundo, sino también la maldad que hay en nosotros.

Es importante reconocer que la maldad en el mundo y la maldad dentro de nosotros no están desligadas por completo. Sabemos que la muerte, y todos sus efectos, ha entrado por el pecado. El lamento reconoce humildemente cómo la maldad en este mundo es facilitada y quizás aún magnificada por nuestro propio pecado.

Noten como David, en Salmo 6:1-2, mira el sufrimiento y aún entiende que, de una forma u otra, este ha resultado de su propio pecado: “Señor, no me reprendas en Tu ira,
Ni me castigues en Tu furor.
Ten piedad de mí, Señor, porque estoy sin fuerza;
Sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen”.

4. El lamento culmina en adoración

Claro que expresamos con plena convicción y sinceridad el dolor que sentimos. Sin embargo, el lamento no se queda allí. En todos los pasajes de lamento vemos un giro hacia la adoración, y una afirmación de la bondad y el amor de Dios en medio del sufrimiento.

Esta es la gran tensión de la vida. ¿En el mundo hay tribulación? ¡Claro! ¿Jesús ha vencido al mundo y toda su tribulación? ¡Claro! Esta es la paradoja que da a luz el lamento. Es del vientre del dolor y la esperanza que nace el lamento.

Nota como termina el Salmo 5: “Pero alégrense todos los que en Ti se refugian;
Para siempre canten con júbilo,
Porque Tú los proteges;
Regocíjense en Ti los que aman Tu nombre.
Porque Tú, oh Señor, bendices al justo,
Como con un escudo lo rodeas de Tu favor” (vv. 11-12).

Conclusión

Todos experimentamos dolor en este mundo. Nadie está exento de sufrir. El mundo llora. Pero los cristianos tenemos un lenguaje dado por Dios que nos apunta a su bondad y su misericordia. Por eso, el cristiano no solo llora sin solución, sino que lamenta con esperanza.

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