Hasta ahora, en esta serie de artículos estamos intentando responder la pregunta: ¿debe la iglesia cuidar al necesitado?

Iniciamos planteando el problema, y luego vimos cómo sostener una dicotomía entre el alma y el cuerpo nos hace menospreciar las necesidades físicas y preferir las necesidades espirituales. De la misma forma en que hemos separado lo material de lo espiritual, hemos creado una dicotomía entre el gran mandamiento (Mateo 22:36-40)  y la gran comisión (Mateo 28:18-20). 

La frase “gran comisión” no está en la Biblia. La palabra misión, como tal, viene del latín. Es una traducción de la familia de palabras que tienen que ver con ser enviado. Realmente no se sabe quién usó originalmente la frase “gran comisión”, pero se supone fue popularizada por Hudson Taylor, el gran misionero famoso a China. Esta frase ha servido para muchos como la base para darle prioridad a la tarea de hacer discípulos. 

¿Cómo se relaciona el mandamiento con la comisión?

Sin embargo, pareciera que se habla muy poco de la relación de la gran comisión con el gran mandamiento. Muchos dirán que cumplir con la gran comisión es una forma de amar a nuestro prójimo, y por lo tanto cumplir con el gran mandamiento. En eso estoy de acuerdo, pero aclararía que esa solo es una de las formas de hacerlo.

Cuando explicamos la relación entre la gran comisión y el gran mandamiento así, reducimos el cumplimiento del gran mandamiento solo a hacer discípulos de Jesús. Todo lo que la iglesia hace es validado únicamente en función de esto, de manera que las prácticas de ofrecer jornadas médicas o repartición de comida siempre están condicionadas por el pequeño detalle de que las personas primero tienen que escuchar una presentación del evangelio.

El gran mandamiento realmente debería ser la categoría más grande que gobierna la gran comisión, no al revés. El gran mandamiento, del que hablaré más a fondo en los próximos artículos, nos llama a amar a nuestro prójimo. Jesús no lo plantea necesariamente en términos “espirituales”, solo evangelizando, sino que lo hace con la famosa parábola del buen samaritano. Lo que Jesús espera de los que quieren obedecer el gran mandamiento es una preocupación por la persona entera (cuerpo y alma), no únicamente su alma. 

Lo que Jesús espera de los que quieren obedecer el gran mandamiento es una preocupación por la persona entera (cuerpo y alma), no únicamente su alma.

Lo que olvidamos de la gran comisión

Si recuerdas bien, cuando Jesús le da la gran comisión a sus discípulos, él les dice que hagan discípulos. Muchos de nosotros hemos enfocado nuestra energía, recursos, y tiempo en hacer discípulos. Hacemos campañas evangelísticas, armamos clases de discipulado, tenemos estudios bíblicos, grupos de oración. ¡Estas cosas son buenas y debemos hacerlas!

Pero en muchos casos hemos olvidado la última parte de esta gran comisión. Jesús nos dice: “enseñándoles a obedecer todo lo que yo les he mandado a hacer”. 

La obediencia que Jesús espera de sus discípulos es producto de seguir a Cristo. Decir que eres discípulo sin estar dispuesto a obedecer pone en tela de juicio tu conversión. Entonces, cuando hablamos de obedecer a Jesús, no podemos hacerlo sin considerar el gran mandamiento. Un discípulo de Jesús amará a Dios sobre todas las cosas, y amará a su prójimo como a sí mismo.

La obediencia que Jesús espera de sus discípulos es producto de seguir a Cristo.

Amando al prójimo como a uno mismo

Considera por un momento: ¿cómo te amas a ti mismo? ¿Te amas solo leyendo la Biblia o hablándote del evangelio? Claro que no. La mayoría de nosotros nos amamos (cuidamos) de manera integral y completa. Velamos por nuestra educación, nuestro desarrollo, nuestras finanzas, nuestros alimentos, nuestra seguridad.

Esto significa que ser un discípulo de Jesús resultará en una preocupación genuina e integral por mi prójimo también, ya que así nos amamos a nosotros mismos. 

Para decirlo claramente: si tú no estás amando a tu prójimo de manera integral, estás fallando en ser un discípulo. Pero más allá de eso, esto debe retar lo que consideramos como “éxito” en nuestra tarea de hacer discípulos. Si los discípulos que hacemos no están amando a su prójimo como a sí mismos, están fallando en ser discípulos. 

Si tú no estás amando a tu prójimo de manera integral, estás fallando en ser un discípulo.

No está en duda que debemos hacer discípulos, pero la pregunta más profunda es: ¿qué clase de discípulos estamos haciendo? ¿Ellos obedecen a Jesús?

¿Estamos pecando por omisión?

A menudo, cuando pensamos en la santidad, pensamos en lo que los puritanos llamaban pecados de comisión. Un pecado de comisión es hacer aquellas cosas prohibidas por Dios. Suponemos que santo es aquel que evita hacer cosas malas. Pero los puritanos también hablaban de pecados de omisión, que se resumen en no hacer las cosas buenas que debemos hacer (Stg. 4:17). Esto significa que es posible no cometer pecados de comisión, pero todavía no ser santo porque no estamos cumpliendo con lo que sí deberíamos hacer.

El punto entero que se desprende del párrafo anterior es sencillo: la santidad incluye velar por las necesidades materiales de mi prójimo (amarlo como a mí mismo), y hacer discípulos incluye enseñarlos a obedecer todo lo que Jesús nos ha enviado a hacer. La gran comisión debe resultar en personas que cumplen con el gran mandamiento. El resumen entero de la vida de un discípulo de Jesús es amar a Dios y amar a su prójimo como a sí mismo. 

¿Por qué importa esto? Porque si enfocamos nuestra tarea en hacer discípulos piadosos de manera privada e individualista, que no aman a las personas a su alrededor, incluyendo servirles en sus necesidades materiales, hemos fallado en la gran comisión y el gran mandamiento.

Conclusión

Tristemente, creo que en algunos círculos hemos enfatizado la gran comisión y menospreciado los grandes mandamientos. Cuando enfatizamos la gran comisión, sin enfatizar el gran mandamiento que los discípulos de Jesús deben obedecer, terminamos haciendo discípulos deficientes.

Las iglesias que formamos y plantamos deberían estar llenas de discípulos que “van y hacen lo mismo” que el buen samaritano. Lo hacen porque aman a Dios y aman a su prójimo. Lo hacen porque anhelan obedecer a Cristo como buenos discípulos.

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