El mayor acto de amor que podemos ofrecer a aquellos que nos han agredido es perdonar. Muchos piensan en el perdón de forma egoísta: debo hacerlo, sino voy a vivir atormentado por las atrocidades que me han sucedido; “para soltar el problema” y tener mejor salud emocional. Sin embargo, este tipo de perdón no es una muestra de amor al agresor, es una muestra de amor a nosotros mismos.

Bíblicamente, perdonar está más relacionado con tratar generosamente a los que nos han maltratado, aun si eso significa que no logramos lo que entendemos por “salud emocional”. La finalidad del perdón no es simplemente liberarnos emocionalmente.

¿Qué es el perdón?

Miroslav Volf explica que perdonar es liberar del castigo. Esto es lo que Dios ha hecho con nosotros. Dios no dijo simplemente “lo olvidaré”, y tampoco prometió que no condenaría nuestra maldad. En cambio, a la hora de perdonarnos Él asumió el castigo de nuestra agresión contra Él.

El acto de perdonar no es olvidar lo sucedido de inmediato. Tampoco es simplemente fingir que nunca sucedió una injusticia. De hecho, uno de los puntos a los que llega Volf es que el mero acto de perdonar da por sentado que algo injusto ha sucedido. Por lo tanto, perdonar no es ignorar la maldad, sino responder a la maldad imitando a Dios.

Perdonar no es ignorar la maldad, sino responder a la maldad imitando a Dios.

El perdón es costoso

Cuando decimos que perdonar significa que vamos a liberar del castigo al agresor significa que dejaremos toda iniciativa nuestra de hacerlo pagar por su maltrato. Nosotros mostraremos la misma gracia con que Dios nos ha tratado. Esto es lo que Pablo nos exhorta a hacer: “perdonen como Cristo los ha perdonado”.

Tim Keller, en un artículo acerca del perdón, afirma que la Biblia siempre habla del perdón en términos económicos. La Biblia trata las heridas causadas en contra de nosotros como una deuda que ha sido acumulada. Nos han quitado algo. La justicia es demandar y recibir el pago. El perdón es cancelar la deuda.

Lo difícil es que cuando perdonamos la deuda de alguien, nosotros tenemos que pagar. El perdón es costoso. Pero esta es la manera en la que podemos ser como Cristo. Dios no simplemente nos perdonó haciendo que desapareciera nuestra maldad, sino que Él mismo asumió la deuda.

Lo difícil es que cuando perdonamos la deuda de alguien, nosotros tenemos que pagar.

¿Cómo lo hacemos?

Keller nos provee tres formas de llevar esto a cabo:

1. Rehúsa castigar directamente

Aunque digamos que hemos perdonado a alguien, muchos solemos recordar a las personas constantemente lo que hicieron, o tratarlas con indiferencia y frialdad. No castigar directamente implica justamente lo contrario. No mantendremos un récord de la maldad en contra nuestra que podremos utilizar cada vez que haya oportunidad.

2. Rehúsa castigar por medio de otras personas

Tampoco utilizaremos conversaciones con otros para “advertirles”. Es fácil querer decir a otros: “tengan cuidado con fulano de tal…no te puedo dar detalles, solo ten cuidado”. Esta es una manera pasiva de castigar, o de buscar a otros que puedan empatizar con nuestro dolor y llevar a cabo el castigo.

3. Rehúsa castigar en tu corazón

Keller dice: “Puedes mantenerte amargado con alguien solo si te sientes superior a ellos”. La guerra principal para perdonar a alguien sucede en nuestro corazón. Es una decisión constante de no hacerle pagar su deuda en nuestra mente.

Esto significa que traeremos nuestra amargura y nuestro rencor a los pies de la cruz para que sean clavados allí. Ser tentados a la amargura será una lucha constante, pero perdonar significa que haremos morir esos pensamientos con el fin de liberar a los que nos han maltratado del castigo que tanto queremos que paguen.

En ese sentido, dice Keller, “el perdón se da antes de sentirse”. Puede ser que no tengas sentimientos de perdón, pero eso no te quita la capacidad de perdonar. Perdonar, al igual que el amor, es un acto de la voluntad, no un estado emocional.

No solo el modelo, sino también el poder

Puede ser que estés leyendo todo esto y tu primer pensamiento sea: “¡esto será imposible!”. Quiero exhortarte tiernamente: en tus propias fuerzas es imposible. Tú y yo no podemos ser como Cristo en nuestras propias fuerzas. Necesitamos encontrarnos constantemente a los pies de la cruz.

El evangelio nos recuerda que no somos solo víctimas, sino que también hemos agredido. Nosotros tenemos la misma capacidad para toda la maldad que se ha hecho en contra nuestra. Pero Dios, quien es rico en misericordia, ha sido generosamente lleno de gracia hacia nosotros (Ef. 2:1-10). Él no nos ha hecho pagar nuestra deuda, sino que Él mismo la ha asumido.

Además, no hay nada que Dios nos pida que Él no nos dé la fuerza para cumplir. La capacidad para llevar a cabo todas las cosas que Dios demanda, viene de Él mismo, de la obra del Espíritu Santo en nosotros (Fil. 2:12-13). Si Dios demanda perdón, es porque Él nos dará la capacidad para darlo.

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