Si decimos que nuestra vida debe estar centrada en el evangelio, muchos estarán de acuerdo. Pero ¿cómo se ve esto en la vida diaria?

Algunos piensan que se trata de evangelizar mucho, o de ser “muy espiritual” —siempre orando— y muy “bendecido”. Y otros, dirían que es una vida libre de vicios.

Es cierto que todos estos factores están presentes en el cristiano, pero no alcanzan para evidenciar una vida centrada en el evangelio.

Un buen punto de partida para saber cómo ella luce en verdad es pensar en el fruto del Espíritu: un conjunto de cualidades visibles en una vida que está siendo transformada por el mensaje del evangelio. No son solo virtudes a las que deberíamos aspirar, sino el producto de la obra del evangelio a través del Espíritu Santo en nosotros.

A continuación, abordaremos cuatro marcas visibles de una vida centrada en el evangelio.

1. Arrepentimiento y transparencia

Una vida que atesora y depende del evangelio, es una vida creciendo en consciencia de su propio pecado. Juan nos recuerda en 1 Juan 1 que “vivir en la luz” es estar dispuestos a confesar nuestros pecados. Cuando entendemos que nuestra identidad viene del evangelio y no de nuestras obras, estaremos más dispuestos a hablar abiertamente de nuestro pecado.

Cuando confesamos fe en el evangelio, y regresamos día tras día a ese mensaje, recibimos el veredicto de parte de Dios: inocente. Al reconocer que ante los ojos de Dios ya somos declarados inocentes, estamos más abiertos para hablar de aquello que Él perdonó.

Al reconocer que ante los ojos de Dios ya somos declarados inocentes, estamos más abiertos para hablar de aquello que Él perdonó.

El evangelio nos muestra lo perverso que es nuestro pecado, ya que llevó a Cristo a la cruz, pero también nos muestra lo grandioso que es el amor de Dios al recibirnos y amarnos por los méritos de Cristo — lo contrario de lo que merecíamos.

Una vida centrada en el evangelio hace guerra contra su pecado, admitiéndolo, trayéndolo a la luz, y confesándolo sabiendo que hay perdón en Dios.

2. Humildad y ternura.

El evangelio nos recuerda que Dios ha velado por nuestra mayor necesidad. Él se ha preocupado por nosotros. No hay nada que nos falte. Esto nos da libertad para dejar de pensar en nosotros mismos, y esto es una de las manifestaciones principales de la humildad.

El evangelio también nos muestra la grandeza de Dios. Su ira justa demandaba un sacrificio justo y proporcional a la injusticia causada por nuestros pecados. Esto nos recuerda lo pequeño que somos y lo grande que es Dios.

Pero la humildad no solo se manifiesta en cómo nos percibimos. También lo hace en la forma en que tratamos a otros.

Unos de los frutos del Espíritu que a mí me cuestan mucho son la paciencia y la benignidad. Cuando las cosas “salen de nuestro control”, la persona siendo transformada por el evangelio a través del Espíritu Santo, tendrá un trato tierno y un amor visible hacia las personas a su alrededor. Será lenta para enojarse, dispuesta a aceptar y amar a los otros a pesar de sus fallas y ofensas, porque recuerda el cuidado y la paciencia de Dios.

3. Servicio a otros

La obra del evangelio también resulta en una preocupación genuina por las demás personas. A menudo, en las Escrituras, somos llamados a ser como Cristo. Si Él y su evangelio está obrando en nosotros, nos estaremos pareciendo más y más a Él. Esta es la premisa de Filipenses 2, cuando Pablo nos llama a considerar “al otro como más importante que a uno mismo”.

La obra del evangelio también resulta en una preocupación genuina por las demás personas.

En Romanos 15:2-3 vemos algo parecido. Pablo dice: “Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación. Pues ni aun Cristo se agradó a El mismo”.

Una vida que está siendo transformada por el evangelio se sacrificará y preocupará por otros antes que por sí misma.

4. Participación en la misión

Además de nuestro carácter, el evangelio produce algo en nuestras prioridades. Al conocerlo y depender de él todos los días, nos encontraremos más preocupados por la misión de compartirlo y servir al necesitado.

Antes de hablar que somos embajadores de Cristo, Pablo dice en 2 Corintios 5:14: “Pues el amor de Cristo nos apremia”. Reconocer que Cristo ama a tu prójimo, y que está obrando en ti, resulta en un amor genuino por tu prójimo. Este amor se manifestará tanto en servir a sus necesidades materiales como en compartir con esa persona el mensaje del evangelio.

Como puedes ver, una vida centrada en el evangelio no está alejada de la realidad de la vida cotidiana, sino que produce ciertas cualidades dentro del creyente. Esta transformación inicia adentro y se mueve hacia afuera, manifestándose de maneras visibles.

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