En los círculos cristianos, cuando hablamos del evangelio, a menudo pensamos en los no creyentes. En ese sentido, reducimos el propósito del evangelio a un simple boleto de salida del infierno.

Sin embargo, todo el Nuevo Testamento, escrito principalmente a cristianos, nos recuerda constantemente el evangelio. ¿Por qué los autores hablan tanto del evangelio con los cristianos?

C. J. Mahaney dice en su libro La vida cruzcéntrica:

“Si hay algo en esta vida que debería apasionarnos, es el evangelio. Y no me refiero solo a pasión para compartirlo con otros. Me refiero a pasión de pensar en el evangelio, obsesionarse por el evangelio, regocijándose en el evangelio, permitiendo que pinte la manera en la que vemos a todo el mundo. Solo una cosa puede ser de primera importancia para todos nosotros. Y solo el evangelio debería ser de primera importancia”.

Ese tipo de actitud delante del evangelio es un poco ajeno a la mayoría de nosotros, quienes hemos aprendido un evangelio que solo es buenas noticias para después de la muerte. Según Mahaney, podemos regocijarnos hoy en la hermosura del evangelio.

Hay tres razones particulares para esto:

1. El evangelio nos une a la familia de Dios.

En Efesios 2, Pablo nos explica una de las promesas preciosas del evangelio. Él dice en el v. 13: “Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo”. Y luego en v. 19: “Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios”.

El evangelio no solo nos lleva a la presencia de Dios después de la muerte; también nos une a la familia de Dios aún antes de la muerte. Por medio de la persona y obra de Cristo, somos parte de una nueva familia. Somos adoptados por Dios, unidos a los otros hermanos en Cristo.

El evangelio no solo nos lleva a la presencia de Dios después de la muerte; también nos une a la familia de Dios aún antes de la muerte.

2. El evangelio nos da poder.

En Romanos 1:16 vemos que el evangelio es el “poder de Dios para la salvación”. En muchos casos, cuando hablamos de la salvación, la reducimos a justificación: doctrina que enseña que somos declarados justos delante de Dios y seremos aceptados en su presencia eterna. Sin embargo, no solo se refiere a esto, sino a todo el proceso de Dios en salvarnos, que además incluye: elección, regeneración, santificación, y glorificación.

Esto significa que el evangelio es poder para nosotros, no solo de una manera pasada o futura, sino que ahora está obrando en nosotros para conformarnos más a la imagen de Cristo.

3. El evangelio cambia nuestra perspectiva.

Por último, a lo largo del Nuevo Testamento, vemos cómo los autores nos llaman a ver toda nuestra vida por medio del evangelio.

Por ejemplo, la Biblia nos llama a perdonar así como Cristo nos ha perdonado (Col. 3); a amar así como Cristo nos ha amado (Juan 13); a ser humildes como Cristo fue humilde (Fil. 2). A los esposos, nos llama a amar a nuestras esposas como Cristo a su Iglesia (Ef. 5).

En este sentido, el evangelio no solo logra algo por nosotros; también sirve como un nuevo par de lentes para interpretar absolutamente toda nuestra vida.

El evangelio no solo logra algo por nosotros; también sirve como un nuevo par de lentes para interpretar absolutamente toda nuestra vida.

Cuando empezamos a ver la multiforme hermosura del evangelio y sus impactos, podemos entender a Mahaney cuando dice que debemos pensar en el evangelio, obsesionarnos por el evangelio, regocijarnos en el evangelio, permitiendo que pinte la manera en la que vemos a todo el mundo.

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