Como pastor, muchas veces he pensado, ¿por qué no hay más miembros de la iglesia compartiendo su fe con otras personas?

Lo que suele pasar al llegar a la conclusión de que pocos hermanos están involucrados en la misión de la iglesia, es que programamos un entrenamiento o buscamos un programa que pueda ayudar a la iglesia a compartir su fe. Tal vez en estas situaciones planificamos un evento evangelístico, o vamos puerta a puerta evangelizando con gente de la iglesia.

Aunque estas iniciativas no son malas, ellas no crean la cultura evangelística que buscamos como pastores. En su libro, La Evangelización, Mack Stiles dice lo siguiente:

“Una dieta estricta de programas evangelísticos produce una evangelización malnutrida. De la misma manera que comer azúcar nos puede hacer sentir como si hubiésemos comido —cuando no lo hemos hecho—, los programas nos pueden hacer sentir que hemos evangelizado, cuando no ha sido así. Por tanto, deberíamos tener una inquietud sana con los programas. Deberíamos usarlos estratégicamente, pero con moderación, recordando que Dios no envió un evento, sino que envió a su Hijo”.

Una dieta estricta de programas evangelísticos produce una evangelización malnutrida.                        — J. Mack Stiles

Los programas pueden tener su lugar en la iglesia, y los eventos pueden servir a un fin. Sin embargo, nuestro plan misional no puede ser simplemente programas y eventos. Nuestra oración debe ser que Dios cree una cultura evangelística en nuestras iglesias.

El comienzo de una cultura de misión

Aunque solo Dios puede infundir confianza en el cristiano para que pueda compartir el evangelio, parte de la creación de una cultura evangelística en la iglesia es que el pastor modele y sirva de ejemplo en lo que Dios demanda de todos los cristianos.

Seamos honestos: como pastores, se nos hace más fácil crear un programa y ofrecer entrenamiento, que ser un ejemplo en vivir una vida misional. Nos gusta más hablar y enseñar, escondidos detrás del púlpito o en la oficina, que crear amistades con personas no-cristianas y testificar el evangelio a ellas.

Como pastores, se nos hace más fácil crear un programa y ofrecer entrenamiento, que ser un ejemplo en vivir una vida misional.

La verdad es que deberías primero vivir de manera misional antes de programar o planificar cómo entrenar a la iglesia. La misión en la iglesia inicia con líderes que modelan y siguen aprendiendo.

Como líder misional, te corresponde modelar con tu ejemplo

A menudo, los personajes del Nuevo Testamento hacen referencia no solo a lo que enseñan, sino también a lo que hacen. Un pastor debe obrar de la misma forma.

Cristo es el mejor ejemplo de esto. Él vivió lo que enseñó. No solo habló de servir, amar a nuestros enemigos, y hacer sacrificios por el necesitado. Él hizo en realidad todas esas cosas. Cristo no solo instruyó a sus discípulos en cuanto a la compasión con los demás, sino que ellos lo vieron tener una gran compasión por las masas, los vulnerables, los enfermos.

Roberto Coleman, en un libro altamente recomendado, Plan Supremo de Evangelización, dice lo siguiente:

“Todo lo que los discípulos tuvieron que enseñarles fue un Maestro que practicó con ellos lo que esperaba que aprendieran. La evangelización fue vivida ante ellos en espíritu y en técnica. Observándolo, aprendieron en qué consistía”.

El apóstol Pablo también vivió lo que enseñó a su discípulo Timoteo (2 Tim. 3:10). Había una consistencia entre lo que Pablo hablaba y lo que hacía. El apóstol no solo decía que Cristo vale más que lo que el mundo le podía dar; él lo dio todo por la causa de Cristo.

Y lo que has oído de mí —le dijo Pablo a Timoteo—en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean capaces de enseñar también a otros” (2 Tim. 2:2). En otras palabras, “lo que yo he hecho contigo, ahora hazlo con otros”.

Como pastores, tenemos que evaluar si hacemos las cosas que enseñamos. La forma en que vivimos demuestra si creemos lo que hablamos. Un pastor que, por ejemplo, habla de hacer discípulos sin hacer discípulos, da a entender que esa tarea no es importante o que no cree en su relevancia.

Como pastores, tenemos que evaluar si hacemos las cosas que enseñamos.

A veces, la mejor enseñanza no es una prédica bien preparada (¡aunque debemos esforzarnos en predicar bien!), sino permitir a otros vernos vivir lo que predicamos.

Como líder misional, te corresponde seguir aprendiendo

Hay muchos pastores que están alejados de la realidad que vive la persona común en las calles de su ciudad. Pasar tiempo fuera del púlpito y la oficina, disfrutando tiempo con gente no-cristiana, le permite al líder ministerial aprender de su contexto y fomentar mejor una cultura misional en su iglesia.

Hay muchos pastores que están alejados de la realidad que vive la persona común en las calles de su ciudad.

Cuando escuchamos las dudas, los anhelos, los sufrimientos, y los dolores de la gente en nuestra ciudad, podemos exponer con mayor claridad el evangelio tanto en la reuniones de la iglesia, como también fuera de ellas.

Podemos ver un ejemplo de esto en Pablo y su metodología para proclamar el evangelio. En Hechos 9, después de su conversión, él pasaba tiempo en las sinagogas hablando que Cristo es Dios. En vez de estar siempre metido en las iglesias o solo con creyentes, donde uno pensaría que estaría un recién convertido, Pablo pasa su tiempo con gente ajena o aún hostil a la fe cristiana.

Vemos otro ejemplo en Hechos 17. Pablo llega a Atenas y observa la ciudad mientras presta atención a lo que ocurre en ella, antes de predicar el evangelio. Él pasó tiempo aprendiendo del contexto en el que estaba, antes de hablar la verdad.

Si somos llamados a modelar con nuestro ejemplo, debemos procurar aprender constantemente cómo hacer discípulos en el lugar en el que estamos. De esta manera, promoveremos una cultura evangelística en la iglesia.

Si quieres ver a tu iglesia crecer en su misionalidad, esto tiene que empezar contigo, líder. La gente no solo sigue buena enseñanza, sino también las vidas de sus líderes. Aprendamos a vivir lo que enseñamos, tal y como Jesús lo hizo, sin nunca dejar de aprender.

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