Todos somos víctimas y ofensores.

Esto no es el diseño original de Dios, sino el resultado del pecado del hombre. Después de que Adán y Eva deciden que ellos también pueden ser dios, vemos a uno de sus hijos matando al otro. El conflicto humano ha estado en existencia desde entonces.

Es imposible vivir en este mundo sin que nuestro pecado afecte a otras personas, y sin que el pecado de otro nos afecte, ya sea intencionalmente o no.

Es imposible vivir en este mundo sin que nuestro pecado afecte a otras personas, y sin que el pecado de otro nos afecte, ya sea intencionalmente o no.

El conflicto humano, especialmente en relaciones íntimas como el matrimonio, no puede ser simplemente ignorado u olvidado. El evangelio nos llama a responder de cierta manera: dando perdón. Esto puede ser desafiante, doloroso, y una tarea constante, pero es lo que la Biblia demanda de los cristianos.

Al mismo tiempo, se nos hace fácil ver solo lo negativo del perdón, en vez de entender que perdonar es una bendición de Dios en tres maneras distintas:

1. Perdonar es obedecer a Dios

Perdonar es un mandato bíblico (Ef. 4:32; Mt. 6:14, 18:21-22; Col. 3:13; Lc. 6:37; Mar. 11:25).

En las Escrituras, la obediencia implica y demuestra confianza en la soberanía de Dios y amor para Él (Jn. 14:15). Antes de dar los mandamientos al pueblo de Israel en Deuteronomio, Dios les dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”.

Sin embargo, por alguna razón, cuando pensamos en obedecer a Dios en cosas que no nos agradan, reducimos la obediencia a algo frío y sin vida. Esta no es la imagen de obediencia que tenemos en la Biblia.

Obedecer no solo es la manera en que demostramos amor a Dios; es poner nuestra fe, nuestra confianza, en práctica. Es una manera explícita de decir que los planes, los límites, y los parámetros que Dios tiene para esta vida son mejores que los que pensamos.

Dios sabe cómo hemos de vivir. Por lo tanto, cuando obedecemos, estamos confiando en que Él tiene la razón y nosotros no. Vemos esto de manera práctica en Romanos 12:17-19:

“Nunca paguen a nadie mal por mal. Respeten (Consideren) lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres. Amados, nunca tomen venganza ustedes mismos, sino den lugar a la ira de Dios, porque escrito está: ‘Mía es la venganza, Yo pagaré,’ dice el Señor.”

Cuando perdonamos, demostramos que confiamos en el plan de Dios para la maldad, y que no tenemos que armar nuestra propia estrategia para enfrentarla. En realidad, cuando obedecemos confiando en el Señor, demostrando nuestro amor a Él, tenemos mayor gozo del que tendríamos buscando venganza sobre nuestro ofensor.

Cuando perdonamos, demostramos que confiamos en el plan de Dios para la maldad, y que no tenemos que armar nuestra propia estrategia para enfrentarla.

2. Perdonar es un reflejo del evangelio

A lo largo del Nuevo Testamento se nos recuerda que debemos vivir viendo todo a través del evangelio. Lo que hacemos testifica del evangelio, y en muchos casos puede reflejar ciertos elementos del evangelio. Esto es más que cierto con el perdón.

En Colosenses 3:13, Pablo nos dice “Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes”. Jesús nos habla en Juan 13:34, “como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros”. En Filipenses 2, se nos llama a tener la mente de Cristo, considerando a otros como más importante que nosotros mismos.

Cuando perdonamos, demostramos algo radicalmente diferente al mundo. El mundo quiere justicia y venganza. Aún si quiere perdón, lo quiere para su propio bien y no para el del ofensor. Sin embargo, Cristo nos perdona para nuestro bien, para que podamos disfrutar de intimidad y relación con Él. Jesús se sacrifica para que podamos tenerlo a Él.

Al perdonar hasta los peores pecados, testificamos del evangelio porque no es natural que el hombre haga esto. Algo sobrenatural tiene que haber sucedido en alguien para que esa persona pueda perdonar de esta manera. 

3. Perdonar nos da libertad

Cuando no queremos perdonar, nos encontramos muchas veces esclavizados en nuestra propia mente a la ofensa cometida. Entendemos la frustración de estar pensando en lo que nos hicieron, no poder dormir porque peleamos con nuestro ofensor en nuestra mente, y ver a la persona quien nos hirió y no poder hablar con ellos por la ira que sentimos. Esto no es vida en realidad.

El problema que muchos tienen es que creen que, si perdonan, entonces la otra persona es libre de la ofensa cometida. En realidad, ocurre lo contrario. Perdonamos por una esperanza futura que tenemos: que todo pecado será pagado.

Como leímos arriba, Dios dice que la venganza es suya. Él hará justicia contra toda maldad hecha contra ti. Si tu agresor confiesa su fe en Cristo, entonces Cristo ha cargado con esa maldad, y algún día tú no cargarás el dolor y las cicatrices de lo que te han hecho. Si tu agresor no confiesa fe en Cristo, él o ella pagarán eternamente por su pecado. Recuerda que toda ofensa contra ti también es pecado contra Dios.

Al entender que no tenemos que encargarnos de asegurar que la persona pague por su maldad, somos libres para poder ofrecer perdón sabiendo que Dios no olvida la maldad hecha contra nosotros. De hecho, Cristo nos promete una completa renovación:

“Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: ‘El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado.’ El que está sentado en el trono dijo: ‘Yo hago nuevas todas las cosas.’ Y añadió: ‘Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas’” (Apocalipsis 21:3-5).

Es doloroso vivir en este mundo afectado por el pecado. A pesar de eso, cuando perdonamos, tenemos la firme confianza de que obedecemos a Dios, testificamos del evangelio, y experimentamos verdadera libertad. Esto es la bendición del perdón.

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