“Me gusta la predicación y la música, pero realmente no me quiero involucrar en una iglesia”. Como pastor, eso es algo que escucho a muchas personas decir y se trata de un sentimiento común en nuestros días.

Hay varias razones por las que la gente no quiere comprometerse a ese concepto espantoso de “comunidad”. Algunas personas no desean hacerlo porque han sido lastimadas en otras iglesias, e incluso piensan que deben sanar antes de participar nuevamente en una. Otras opinan que no tienen algo para aportar, o que no necesitan a otros creyentes en su caminar con Dios.

Otro grupo de personas simplemente quiere esconderse de los demás. Esta razón para no comprometernos en una comunidad nace luego del primer pecado, cuando Adán y Eva se esconden de Dios y no quieren que Él los vea desnudos, a pesar de que Él los había creado sin ropa. Esta vergüenza es la misma que nos hace escondernos hoy de la comunidad.

Vivir en comunidad implica que otros nos conozcan, vean nuestras vidas, nuestras debilidades, y aún nuestros pecados. Cuando vivimos en una comunidad, es difícil mantener las apariencias y guardar nuestra imagen intachable.

Vivir en comunidad implica que otros nos conozcan, vean nuestras vidas, nuestras debilidades, y aún nuestros pecados.

Mientras que estos pensamientos pueden ser reales, eso no significa que sean correctos o válidos para escondernos. Consideremos las siguientes tres verdades:

1. Todos somos igual de pecadores

En nuestra iglesia, a menudo usamos una frase que dice: “la tierra es plana ante los pies de la cruz”. Esto significa que no hay personas más merecedoras de la gracia de Dios que otras. Todos nacemos en bancarrota espiritual, y nos mantenemos así hasta que la justicia perfecta e infinita de Cristo es acreditada a nuestra cuenta.

Los problemas en muchas iglesias surgen cuando hay personas que se creen superiores a otras, pero Pablo mismo ha explicado en Romanos 3:10 que nadie es justo en verdad. Todos somos pecadores necesitados de la gracia de Dios.

2. En Cristo somos totalmente aceptados

Cuando entendemos que hemos sido totalmente aceptados y amados en Cristo a pesar de ser viles pecadores, ¿por qué nos daría temor ser vulnerables a otros?

No querer ser vulnerables nace del miedo de que seremos rechazados, burlados, o expuestos como más tontos o más pecadores que los demás. Pero cuando entendemos el evangelio podemos ver dos realidades increíbles.

Primero, en Cristo somos amados y aceptados. Si el creador del universo nos ha aceptado y amado eternamente, ¿por qué nos importa lo que dirá una criatura de nosotros?

Segundo, nuestro mayor temor ya se hizo realidad en la cruz. Cristo fue expuesto y rechazado en nuestro lugar para que nosotros no tuviéramos que serlo. Si no fuera por Cristo, estaríamos esperando el día en el que seríamos “desnudados” delante de Dios, expuestos como los viles pecadores que somos, como Adán y Eva temieron, y tendríamos que vivir las consecuencias de eso. Sin embargo… todo eso le sucedió a Cristo por nosotros.

Cristo fue expuesto y rechazado en nuestro lugar para que nosotros no tuviéramos que serlo.

3. Necesitas a otros cristianos

En toda la Biblia, se nos exige vivir nuestras vidas cristianas junto a otras personas. Por ejemplo, en Hechos 2, vemos que los primeros cristianos partían juntos el pan todos los días, y en las epístolas vemos cómo los apóstoles nos animan a amonestarnos y exhortarnos unos otros.

Necesitamos vivir con otros cristianos porque la Biblia lo demanda, y necesitamos obedecer porque no podemos confiar en nosotros mismos. En Jeremías somos advertidos de lo que es el corazón humano. Pablo nos dice en 1 Corintios, que deberíamos tener cuidado de creernos fuertes. Gálatas 6 dice que, cuando estamos restaurando a alguien, deberíamos tener cuidado de nosotros mismos para asegurarnos que no caemos también. “Antes, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: ‘Hoy;’ no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado” (Hebreos 3:13).

Necesitamos a nuestros hermanos en la fe para amonestarnos, confrontarnos, y para animarnos cuando estamos desanimados. Necesitamos a otros cristianos que puedan ayudarnos a ver lo engañoso que es nuestro corazón.

Paul Tripp, en su libro Llamamiento peligroso, dice lo siguiente: “Las personas que están espiritualmente ciegas no solo están ciegas, están ciegas a su propia ceguera. Están ciegas, pero piensan que ven bien”. Una de las maneras en las que nos protegemos de esa condición, es apoyándonos en otros creyentes que pueden ayudarnos a ver claramente lo que no podemos ver por nosotros mismos.

¿Podemos vivir la vida cristiana a solas? Por supuesto que no, ni tenemos buenas razones para intentarlo. La cruz nos deja sin excusas para no comprometernos con una iglesia local, y el llamado a pertenecer a una comunidad de fe es evidente en la Palabra.

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